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Como un sabueso que prueba su primer bocado de carne fresca, Damien Yedaiah se obsesionó con el dolor cuando el dulce roce de su látigo le concedió la salvación y el perdón que había buscado durante años. En su cálido abrazo, el dolor ayudó a Damien a luchar contra el remordimiento y a destrozar sus recuerdos, una bendición otorgada por el Señor mismo. Pero a medida que pasaban los años, sus cicatrices, testimonios de su imperiosa devoción, crecieron. Heridas purulentas se extendían por su cuerpo como enormes montañas, enterrando sus nervios en lo profundo bajo gruesas capas de costras y cicatrices, y un día, su cuerpo se entumeció y el dolor, su guía hacia la salvación, lo abandonó.
Cada sacudida de dolor había estado marcada por el sudor, la sangre y sus gemidos inarmónicos que habían mantenido a raya a sus demonios, pero esa noche su látigo viajó por el aire en vano. La luz de una vela, demasiado débil para iluminar siquiera la cera que había debajo, parpadeó una vez, luego dos veces, mientras el látigo subía y bajaba, arrancando piel y carne, pero sin causar dolor, sino decepción. Las sombras bailaron con la luz parpadeante como para celebrar su llegada, y los demonios, gritando más fuerte que nunca, saludaron a Damien con burla.
Un gemido angustiado resonó en su santuario, una cripta enclaustrada bajo la iglesia de San Francisco Serafín, y Damien tembló de desesperación mientras sus demonios resurgieron. Poseído por la necesidad de escapar del dolor, hizo lo que tenía que hacer para silenciarlos, envolviendo las partes de su cuerpo que no habían sido tocadas por el látigo con alambre de púas. Pero no fue suficiente. Desesperado, se despellejó la cara y la escondió detrás de una bolsa de tela mojada en sal. Pero el éxtasis fue temporal. La luz de la vela se apagó, y con ella, la esperanza. Se quedó de pie en la oscuridad rodeado de su pasado mientras los recuerdos pasaban ante sus ojos: su esposa, con el pecho abierto, la cara destrozada y las manos atadas con sus propios intestinos, con los ojos fijos en él como si rogara por una misericordia que nunca llegaría. Detrás de ella, su hijo, con los miembros separados de las articulaciones, cada uno clavado en una gran cruz y cosidos toscamente, formando una escultura de carne, y Damien sosteniendo la escopeta que más tarde llamó Delirium, como recordatorio de sus pecados.
Y entre el frenesí de las imágenes, una voz habló de paz, una promesa demasiado tentadora para resistirse. Con El Azote en la mano, todavía goteando su propia sangre, dio su primer paso en la sucursal de la AHA en Luisiana, y las voces, ahora armoniosas, le dieron la bienvenida a la Cacería.
