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Desde que tenía memoria, Theodore Tuck sufría la misma pesadilla. En un pantano cubierto de niebla, Tuck se encontraba rodeado de dientes afilados y rechinantes, que escupían saliva y sangre mientras gruñían y chasqueaban, desesperados por arrancarle la carne de los huesos. A veces eran cientos; a veces, solo uno. Y cada mañana despertaba con una cicatriz nueva.
Convencido de que los sueños eran un mal presagio y decidido a enfrentar sus miedos y destruirlos de raíz, Tuck recorrió campos, bosques y montañas por todo el país, hasta encontrarse finalmente con esas criaturas de pesadilla en Luisiana. Demostró su valía cazando a las bestias del pantano y con su habilidad con los animales, pero cuando se propuso domar a los mismísimos sabuesos del infierno, incluso la mayoría de los cazadores pensaron que había ido demasiado lejos. Sus intentos le valieron infamia y muchas cicatrices adicionales.